SENSUALIDAD EN BRONCE.- Mujeres divinas en la Ciudad de México…

Por: Eduardo GARCÍA GARCÍA

Son pocas, pero están ahí, dispersas, embelleciendo camellones de grandes avenidas, fuentes de plazuelas y calles, entre el hervidero de vehículos, de las multitudes que van y vienen indiferentes y de los vendedores callejeros que desbordan las aceras. Siempre expuestas a la mirada lujuriosa de espectadores en movimiento, a la furia de la intolerancia y o a la corrosión de la intemperie; algunas humedecidas por la caricia del agua, otras agredidas por el vandalismo urbano o el aire contaminado de la ciudad más grande y poblada del mundo.

Son las espectaculares esculturas figurativas con cuerpo de mujer desnuda, entronizadas, cada una en su época, como modelos supremos de belleza y de perfección corporal femenina. Mudos testigos, que congelados en el tiempo y el espacio, coexisten con el gris y desolado paisaje urbano, lleno de cables, postes, edificios, anuncios publicitarios y basura. Fundidos en bronce, estos bellísimos cuerpos lo mismo han servido para citas de amor que para encaminar calenturas y consolar a borrachos en la noche.

Y de pronto, de tan festejadas y vistas, son cotidianas, y de tan cotidianas se han vuelto casi invisibles. Sólo fríos puntos de referencia en un mapa turístico. Pero ahí están, magníficamente proporcionadas, siendo la más espectacular y popular de todas La Flechadora de la Estrella Norte, mejor conocida como La Diana Cazadora. Controvertida, a veces incomprendida y maltratada, la setentona más bella de la ciudad de México ha inspirado a poetas, literatos, pintores y cineastas. Creada en 1942 por el escultor Juan Francisco Olaguíbel Rosenzweig y el arquitecto Vicente Mendiola, se convirtió en “la mujer de todos”, en pieza de escándalo para las buenas conciencias y en rival invencible de féminas acomplejadas.

 

Malgré Tout (1898)

Malgré Tout (1898)

Por supuesto, la Diana no es la primera escultura desnuda en la ciudad, pero sí la más polémica desde su colocación en el Paseo de la Reforma, pues nació para romper con la secuela histórica de esta gran avenida, repleta de figuras, en tamaño natural, de personajes de la política y la milicia. Gélida, imponente y con curvas de infarto (153-112-164, con muslos de 108 centímetros), se transformó en un verdadero símbolo de la belleza femenina en la Ciudad de México, en parte del paisaje urbano. Helvia Martínez Verdayes, entonces una hermosa jovencita de 16 años, sirvió de inspiración; diez años más tarde, volvió a modelar para La Victoria, voluptuosa escultura que sobresale de la Fuente de Petróleos, también obra de Olaguíbel y Mendiola.

Aún así, esta fabulosa pieza se convirtió en el foco de los ataques de las damas católicas de la Liga Mexicana de la Decencia, apoyadas por Soledad Orozco de Ávila Camacho, esposa del entonces Presidente de la República, quienes tacharon a la Amazona de virgen impúdica, mujer desvergonzada, mujerzuela y estatua pornográfica, logrando que fuera cubierta con un espantoso taparrabos metálico. Pero, afortunadamente, en 1967, y luego de insistir durante muchos años, Olaguíbel consiguió que el entonces regente, Alfonso Corona del Rosal, pusiera fin a ese atentado en contra del arte y la belleza. Sin embargo, fue necesario hacer una nueva copia, pues la original estaba muy deteriorada (hoy está en la plaza central de Ixmiquilpan, Hidalgo, pueblo natal de Corona del Rosal). Más tarde, deambuló por diferentes sitios de la Ciudad de los Palacios, regresando al Paseo de la Reforma en 1992, para orgullo y disfrute de los capitalinos.

Cuerpos transfigurados

La representación escultórica y alegórica del cuerpo femenino es tan antigua como la humanidad misma. Las Venus primitivas, como la grabada en los muros de la cueva de Laussel, en Francia, tienen cuando menos 25 mil años de existencia. En nuestro país, durante el preclásico inferior, en Tlatilco, se modelaban exclusivamente figuras femeninas para simbolizar a la fecundidad. De ahí, la evolución de este arte fue paulatina. Mientras la pintura corría a un ritmo más acelerado, en la escultura se construyeron poco a poco los esquemas que hasta la fecha están vigentes. En el México del siglo XIX, la escultura muestra gusto por lo clásico y los desnudos femeninos adquieren matices morales y religiosos. Y el apego al ideal helénico y romano crea una corriente que perduraría hasta los años 60.

Pero ya en 1890, un grupo de ciudadanos mochos e impotentes que se autodenominaban “defensores de la moral pública”, protestaban acaloradamente en contra de la colocación, en la rotonda sur-oriente de la Alameda Central, de La Fuente de la Ninfa de las Aguas o Fuente de Venus por considerar que “peligraban la inocencia y la castidad de los niños”. Afortunadamente se instaló y hoy tenemos la oportunidad de gozar de esta magnífica pieza en bronce. De esa época, en la plazuela nororiente de la misma Alameda, está montada la fuente de las Danaides, también conocida como la Fuente de las Murmuraciones, Las Comadres o Las Américas, dos bellas esculturas femeninas, también en bronce, con los senos desnudos, que vacían sus cántaros. Hoy coexisten en armonía con Neptuno, Glauco, La Fuente de la Victoria y Nereida o La Fuente de la Primavera, una escultura en bronce con cuerpo de mujer, semidesnudo, sobre un pedestal gris de mármol. Es del escultor Sauvagean, y fue esculpida en 1862. Todas estas esculturas femeninas, al igual que la Venus con Paloma (1851), de Tomás Peña, copia de una obra de Galli, situada en los prados del sector norte, han inspirado a poetas de la talla de Amado Nervo, Salvador Novo y Rafael López.

En la misma Alameda, otras delicadas figuras son la delicia de los paseantes. Varias de ellas fueron trasladadas de, éste su entorno natural, a recintos cerrados como el Museo Nacional de Arte (MUNAL) y el de San Carlos para su resguardo y exposición. Así es como, desde 1986, el famoso y extraordinario desnudo en mármol blanco llamado Malgré tout (A pesar de todo, 1898), de Jesús Contreras, fue removido de su pedestal, donde, postrado, democráticamente mostraba sus encantos femeninos. En su lugar se colocó la misma figura pero labrada en bronce. De esta manera, la hermosa dama quedó atrapada en el tiempo, en el costado derecho del Hemiciclo a Juárez, en una réplica ingrata y deteriorada que es permanentemente mancillada por transeúntes o manifestantes calenturientos.

Fuente de Venus

Fuente de Venus

Desde este punto, si volteamos hacia el Palacio de Bellas Artes, del arquitecto Adamo Boari, en la lateral superior izquierda, podemos admirar sin limitaciones dos magníficas encueradas en relieve, una de frente y otra de espaldas –que forman parte de las nueve musas esculpidas en los extremos del Palacio y que son la inspiración en las artes y las ciencias-. Y claro, seríamos los seres más felices del mundo si se exhibiera en alguna plazuela pública una reproducción en bronce o piedra de Après l’orgie (Después de la orgía, 1910), de Federico Nava, que a mi parecer, muestra el más extraordinario tafanario femenino esculpido en mármol de la historia de la escultura nacional. Es sublime y a la vez carnal. Se encuentra casi a la entrada del MUNAL.

También frente al Hemiciclo se encuentra un pequeño, pero hermoso, conjunto escultórico auspiciado por los comerciantes de la zona. Es la Plaza de las Esculturas, conformada por cinco reproducciones en bronce, siendo las principales tres desnudos femeninos de espléndida manufactura. Se trata de Flor de Fango (1908), de Enrique Guerra, Dolor (1892), de Clemente Islas Allende, y de la suplicante y sensual Ariadna Abandonada (1898), de Fidencio Lucano Nava. Al igual que el de la Malgré Tout, el curveado trasero de esta última pieza siempre está graffiteado obscenamente y presenta rastros de extraños líquidos viscosos, lo que demuestra su popularidad. Por supuesto, la familiaridad ha despojado de cualquier contenido artístico y sexual a todas estas preciosas joyas, que son vistas con indiferencia e irreverencia por los transeúntes de todas las edades y sexos.

Después de la Orgía (1910)

Después de la Orgía (1910)

Pero qué me dicen de las fuentes con reproducciones de la diosa Venus –de Milo y Médicis, entre otras- instaladas en el camellón de la avenida Álvaro Obregón. O bien de las piezas ubicadas a lo largo de la calle de Génova, en la Zona Rosa, que desnudas y exquisitas observan, en estado de reposo, el agitado movimiento de los miles de capitalinos que van y vienen del metro Insurgentes o del Paseo de la Reforma. Ahí están la fuente de la Armonía, que contiene una sirenita con las tetas desnudas, obra de Edith Barlin; La Venus de Baltasar, de Baltasar Martínez, así como las pequeñas Bañistas y la tierna y supersexosa La Madre, de Gabriel Ponzanelli, que luce un espectacular cuerpazo. Mención aparte merecen las obras de este artista, un maestro del detalle y amante de la figura femenina. Heredero de la escuela que le dejó su padre, Octavio, y la de su abuelo, Adolfo, quien fue discípulo de Augusto Rodin, sus cuerpos femeninos suelen ser voluptuosamente turbadores, por la perfección de sus formas. Sus sensuales esculturas que actualmente se exhiben en el camellón de Miguel ángel de Quevedo fueron censuradas durante el gobierno de Miguel de la Madrid. Amanecer, Meditación, Agradecimiento y la excepcional Bañadora -¡Uff qué tafanario!-, fueron retiradas porque no le agradaban a la primera dama, Paloma Cordero. Felizmente, para los adoradores del arte y de la figura femenina, en 1989 las volvieron a colocar en su lugar. Existe otra pequeña pero magnífica escultura de una bañista desnuda sobre Río Churubusco, casi enfrente de la delegación Iztacalco. Cabe mencionar la figura de la cantante y actriz María Victoria (2002), obra de Valerio Ponzanelli, ubicada en la Plaza del Teatro Blanquita. Es muy pequeña, pero sin lugar a dudas refleja dignamente el cuerpazo de la cantante que provocaba erecciones espontáneas cada vez que se volteaba de espaldas al interpretar –con pujiditos y todo- el tema Cuidadito.

Y eso es todo. En nuestro país –y por supuesto en la Ciudad de México-, todavía el valor del desnudo femenino hecho arte se determina por el número de estatuas dispersas a lo largo y ancho de la metrópoli. Y son muy pocas, demasiado pocas. Pero ahí están, sin envejecer, bañadas por la lluvia ácida o el inclemente sol, haciendo historia y la vida más placentera a los sufridos habitantes de ésta, la ciudad del Apocalipsis.

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