REPORTAJE.- ¡Ay nanita!… LA SANTA MUERTE

Por: Eduardo GARCÍA GARCÍA

Hoy en día, en México (y en especial en Smogpolis, la truculenta Ciudad de México), sus fieles se cuentan por millones y no sólo son narcos, criminales, sexoservidoras (res), policías, secuestradores, reclusos y ex reclusos, y todos aquellos que viven expuestos a la traición, la venganza y la emboscada, sino también gente común y corriente que tiene que enfrentarse a sobrevivir en circunstancias difíciles en un mundo corrompido e infestado por la criminalidad e injusticia, por el desempleo, la crisis económica, la sobrepoblación y las drogas. Sus seguidores van desde amas de casa, políticos, comerciantes de chueco, ladrones de autos, estudiantes, vendedores de drogas, burócratas, periodistas, enfermos de cáncer, familias completas y los que tienen problemas con la ley. Es el culto (ya no tan subterráneo) a la Santa Muerte o, como algunos le llaman, la Santa Niña Blanca.
Su capilla, aunque ahora abundan, es una vitrina que da a la calle de Alfarería y está abierta las 24 horas. Su estatua, vestida con ropa de satén adornado con encajes y cubierta con un manto blanco, está coronada por una tiara. Mientras sus manos descarnadas sostienen un mundo y una balanza, cuyos platillos están llenos de pesos, dólares y libras esterlinas, anillos adornan sus dedos. Una medalla cuelga de su pecho. La imagen dirige el rostro descarnado hacia abajo, hacia el fiel, como si sus órbitas desojadas miraran no sólo lo que pasa delante de ella, sino más allá, el mundo invisible. Según devotos, después de Dios no hay nadie más poderoso en el mundo que la muerte. Por eso es considerada Ángel de Luz, Ángel de Misericordia y hasta Ángel Materno. Basta visitar el popular mercado de Sonora para darse cuenta de que el número de sus seguidores ha crecido de manera exponencial. Ahí se hacen limpias personales y se venden “productos místicos, religiosos y esotéricos”, estatuas, reproducciones, folletos, imágenes, copal, incienso, dientes de coyote, aceites contra los hechizos y el mal de ojo, loción Siete Machos, jabones, veladoras y medallas para venerarla. Hasta hace algunos años eran unos cuantos locales medio escondidos, ahora son pasillos enteros.
Y es que los mexicanos en general no son religiosos, sino supersticiosos. De tal suerte que ha resultado lógico que nuestra aportación a la religiosidad moderna sea en realidad un culto supersticioso, simbólicamente satánico al rendirle idolatría a la negación de la vida, al rogarle beneficios a la sin esperanza, a la muerte. Santificar a la muerte, convertirla en un ídolo fetiche y considerar que ella es intermediaria con Dios, siendo sustituta de la madre encarnada, de la Virgen María, abre las compuertas de una subversión de lo religioso, un proceso corruptor que se sintoniza, por otra parte, con una decadencia católica muy evidente como fruto, no sólo de la secularización promovida desde el II Concilio Vaticano al derruir las formas tradicionales de lo sagrado, sino de los escándalos de abuso sexual y pederastia de los últimos años.
Este culto subterráneo viene del pasado, es el resultado de un sincretismo de la muerte prehispánica y de la muerte medieval cristiana. Muchos testigos de las ceremonias nocturnas celebradas en Tepito, dicen que tienen la sensación de asistir a una Danza de la Muerte. Y es que la cultura de la muerte del México antiguo ha sobrevivido a través de los siglos y se ha fusionado con creencias católicas. Su nueva propagación se debe, quizá, a la emergencia de los movimientos mexicanistas y darkies, las modas esotéricas del New Age, la música metálica, la confusión de valores, la terrible y creciente violencia urbana, la crisis económica, los temores apocalípticos, la desintegración familiar, la incapacidad de los políticos de mejorar al país, la corrupción de la Iglesia Católica y su ineptitud de rellenar los huecos espirituales de una sociedad cada vez más desesperanzada y el gobierno informal del crimen organizado.

“ES LA JEFA, LA MERA CHINGONA”

Según creyentes, relacionada con la Virgen del Carmen y Oyá, la Señora de los Panteones, el culto actual de la Santa Muerte comenzó hacia los años sesenta del siglo pasado. En Actopan, Hidalgo, se le conoció como a San Bernardino, una figura de piedra que se venera aún dentro de la casa de una familia local. La gente la ha asociado conla “Santa Niña Blanca” y como se le han adjudicado milagros, la devoción se extendió. La figura de San Bernardino-Santa Muerte es bastante extraña, comentan quienes la conocen, pues con su cara calavérica coronada de flores y su piramidal vestido blanco, como sudario o traje de novia. Entre los mineros de Zacatecas también se estableció el culto. Es una iglesia ruinosa del siglo XVI, la nonagenaria Natividad Zamora custodia las imágenes de El Señor del Santo Entierro y de la Santa Muerte. En la Ciudad de México, además de Tepito, existen altares en los rumbos de Lecumberri, Calle de Baja California, colonia Artes Gráficas y en la Villa de Guadalupe. Asimismo en los estados de Oaxaca, Tamaulipas, Chihuahua, Morelos, Veracruz, Guerrero, Nuevo León y en las ciudades fronterizas donde opera el narco. Su imagen ya ha cruzado las fronteras del Norte y del Sur, echando raíces entre las comunidades mexicanas de Los Ángeles. Y sé que, por lo menos, en algunas provincias de Argentina se está generando el mismo fenómeno.
Sin embargo, el culto a la Santa Muerte es una degradación de la cultura popular al momento que aspira a ser una Iglesia, un culto instituido, un ritual deformado en el espejo de lo católico; cuando la superstición se estructura, hay una voluntad de negación y en ese sentido un ánimo diabólico. El Diablo y la Muerte serán siempre parte de la cultura popular: organizar su culto es otra cosa. La Santa Muerte no es aceptada ni reconocida por la Iglesia (pero sí por la Secretaría de Gobernación, donde su registro, parece ya existir), pero hay sacerdotes, obispos y arzobispos, como el del Santuario Nacional de la Santa Muerte, aunque no hay un seminario. La Santa Muerte, empero, ha sido admitida en un “santoral” y se le “canonizó” con mariachis y danzas mexicanistas. La difusión de su culto se ha vuelto explosiva, atrayendo principalmente a una población marginada, escéptica de gobiernos y de iglesias. Con orígenes similares, es el otro lado de la moneda, el lado siniestro de la Virgen de Guadalupe. Más la confusión entre la Santa Muerte y los santos católicos poco importa a los fieles, quienes colocan juntas sus imágenes en altares caseros (a la vuelta del altar de Tepis hay uno de la Guadalupana) o las llevan a bendecir a los templos como si se tratara de un santo católico. Con todo, la Guadaña Protectora es un arma de dos filos. Se le puede pedir que bendiga la pistola, la placa, el dinero, pero también que se deshaga de personas indeseables. Y lo mismo da beneficios que castigos, pues lo que da lo hace siempre a cambio de algo y si no se le cumple, ¡ay nanita! De ahí que las muestras de fe y sacrificios en agradecimiento son la constante los primeros de cada mes, desde hace cuatro años, donde masivamente la celebran sus fieles con arreglos florales y música de mariachis. El desfile delante del santuario de la Santa Muerte es incesante. A ratos hay dos o tres personas, pero de repente llegan veinte, treinta. Todo el día acuden familias y hasta niños a darle culto. De noche, como el altar está abierto, también hay visitantes, quienes suelen ponerle veladoras de colores diferentes: las blancas son para agradecer los favores recibidos, las rojas para el amor, las azules para los estudios y la salud, las verdes para problemas judiciales, las negras se encienden contra los enemigos. Al diablo, sin lugar a dudas, le gusta hacer bromas.

 

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